Conhece-te a ti mesmo... se puderes.

Quarta-feira, 15 de Novembro de 2017
Midas

 

La leyenda popular del rey Midas contaba que un día el monarca se encontró casualmente con Sileno, un sátiro perdido en el bosque y adormilado tras una monumental borrachera.  Sileno era muy feo, de nariz achatada y mirada de toro, entrado en bastantes años, tenía una prominente barriga y se le solía representar a lomos de un asno sobre el que se sostenía a duras penas por su estado de constante embriaguez.

 
El rey Midas lo recibió hospitalariamente y, después de arrancarle el secreto de la sabiduría que poseía, quizá un socrático "sólo sé que no sé nada",  lo devolvió al cortejo báquico de Dioniso, el dios del vino, al que pertenecía y del que se había extraviado. El dios, como recompensa, le pidió que le formulara un deseo, y el monarca pidió que todo lo que tocara se convirtiera en oro. El dios accedió, y el rey volvió contento a palacio, poniendo a prueba el don recibido. Todo lo que palpaba, efectivamente, se convertía en oro: las piedras del camino, los frutos de los árboles...

 
 
 
Todo marchaba bien hasta la hora de la comida. Cuando Midas quiso llevarse a la boca un mendrugo de pan, encontró sólo un pedrusco de oro al que no pudo hincarle el diente, y, de modo análogo, el vino se convertía en finísimo polvo de oro que no podía apagar su sed.

 
Hambriento y sediento, privado diríamos de los dos elementos fundamentales de la cultura mediterránea, que son el pan y el vino (y que en la eucaristía cristiana son ni más ni menos que el cuerpo y la sangre de Cristo respectivamente), asociado el  primero a la diosa Ceres (o Deméter, según el nombre griego de la madre del pan) y el  segundo al propio Dioniso o Baco, el rey Midas le pide al dios que le haga el favor de retirarle el pernicioso don que le había concedido, como si hubiera comprendido que hay dos tragedias en la vida humana, como dirá Oscar Wilde muchos años después: una que no consigamos lo que queremos, y otra, no menos trágica que la primera, que lo logremos.

 
 
En la reelaboración que hace Nathaniel Hawthorne de la leyenda del rey Midas, que tituló The golden touch (El toque de oro), incluida en su A Wonder-Book for Girls and Boys (publicado en 1851), la hija del rey, llamada Marygold, se convierte en una estatua de oro cuando su padre corre a abrazarla y a decirle a la princesa, alborozado, lo inmensamente rico y lo feliz que es porque todo lo que toca se convierte en oro puro,  como representa esta ilustración de Walter Crane (1893). La alquimia de convertirlo todo en oro, según sugiere Hawthorne, no sólo mata a las cosas, sino que también priva de vida a las personas que queremos.
 
 
 
Viene este cuento en su versión clásica y en la moderna de Hawthorne a ser una preciosa reflexión sobre el tiempo y el dinero, que eso es lo que simboliza el oro. Y esta reflexión viene muy a cuento en estos tiempos de crisis económica y a la vez política, en los que el tiempo es oro (time is money, pero al revés también, money is time).  Si todo lo que tocamos se convierte en dinero (cosas y personas),  lo rentabilizamos, efectivamente, como hacía el Rey Midas y como haría cualquier ejecutivo, hombre de negocios o banquero de hoy día,  pero en ese mismo proceso estamos dando muerte a las cosas y a las personas que cosificamos y trocamos por dinero, convirtiéndolas en lo que no son,  moneda de cambio.

 
La gente dice a veces que el dinero no da la felicidad, pero que ayuda a conseguirla comprándola. Es mentira, porque uno posee lo que se vende y se compra, pero no lo disfruta, ya que la condición para disfrutar de una cosa es no poseerla: O la tienes o la gozas,  pero no puedes tenerla y gozarla a la vez. Es imposible.

Según la interpretación freudiana, además,  el oro simboliza la mierda. En las primeras etapas de la vida de los niños, la caca es una sustancia muy apreciada como fruto que es de la satisfacción de la pulsión coprófila: es el primer regalo que hacen los niños a sus padres y que para ellos es un tesoro. La represión de la pulsión coprófila hará que se demonicen las heces. La educación hará que se desprecie la mierda: "Es caca". Se le dice al niño. No lo toques. Pero esa coprofilia infantil, ese interés que tenía el niño por sus propios excrementos, se sublimará y transferirá a otro material, al oro, que la vida le enseñará que es lo que vale y lo que cuenta, lo que hay que conseguir porque es lo que realmente importa, proque es su futuro: "Tanto (oro) tienes, tanto vales".  Este descubrimiento se revela a veces en el mundo onírico de los sueños, donde aflora lo prohibido, como estudiaron el propio Sigmund Freud y Oppenheim en el folklore europeo (Sueños en el folklore, 1911). Freud afirma que en la antigua Babilonia el oro era la caca del infierno, identificando el excremento con el vil metal, que es paradójicamente el metal más noble, de donde nos vienen expresiones como "aurea aetas", que es la Edad de Oro en el mito hesiódico y ovidiano de las edades, en la que no existía el dinero, porque precisamente su existencia caracteriza nuestra edad, que no es la Edad de Oro, sino la Edad de Hierro.

Lo que nos enseña la vieja leyenda dorada del rey Midas es que el dinero no solamente no nos da ninguna felicidad, sino que nos quita la poca que podíamos tener,  y las preocupaciones que da nos quitan las ganas de disfrutar de los gozos de la vida. A fin de cuentas, el dinero no sólo no acaba dándonos la dicha sino que, encima, nos arrebata además la poca que teníamos,  conjurando la desdicha. El precio que les ponemos a las cosas hacen que estas pierdan su sabor, que el pan deje de saber  y que el vino pierda su alegría.    

 

Um mito bastante conhecido tanto entre gregos quanto por romanos foi o do Rei Midas. Como todo mito da Antiguidade Clássica, o objetivo com a difusão das peripécias de Midas era lançar luz sobre a ganância humana.

Midas era rei da Frígia e filho do camponês Górdio. A sua realeza foi herdada do pai, após este ter sido escolhido pelo povo do local, que entendia a chegada de Górdio como o cumprimento de uma profecia de um oráculo. A profecia dizia que o rei da Frígia chegaria em uma carroça e, enquanto a população estava discutindo sobre este destino, chegou Górdio com a mulher e o filho em uma carroça. Após sua morte, Midas tornou-se o rei.

Certo dia, Midas recebeu a visita de alguns camponeses que levaram a ele um velho, bêbado e perdido, que haviam encontrado em um dos caminhos do reino. Midas reconheceu o velho: era Sileno, mestre e pai de criação de Baco. Midas cuidou de Sileno e o levou a Baco. O deus da vinha e do vinho, muito benevolente, concedeu um pedido a Midas. Este, sem refletir muito, pediu o dom de transformar em ouro tudo o que por ele fosse tocado. Mesmo percebendo a ânsia gananciosa de Midas, Baco realizou o pedido.

O rei Midas voltou para casa feliz e também surpreso com a capacidade por ele adquirida. Transformou várias coisas em ouro pelo caminho: pedras, folhagens, frutos... Ao chegar a sua casa, ordenou aos criados que servissem a ele um banquete. Ao tocar no pão, este foi transformado em ouro. Ao pegar a taça de vinho e tocar com seus lábios na bebida, esta se transformou em ouro líquido. Midas ficou desesperado ao perceber que jamais poderia se alimentar novamente. Sua filha, Phoebe, vendo seu desespero tentou socorrê-lo e, ao tocá-lo, transformou-se em uma estátua de ouro.

Mais desesperado ainda Midas orou a Baco, pedindo que este o livrasse daquilo que, na verdade, era uma maldição. Baco consentiu e disse a Midas que deveria se banhar na fonte do rio Pactolo para que pudesse se lavar do castigo. Ao se lavar, Midas passou às águas do rio o poder de tudo transformar em ouro, sendo que a areia do Pactolo se tornou dourada.

Arrependido de sua ganância, Midas voltou aos campos, passando a morar longe das cidades.


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publicado por pimentaeouro às 14:03
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Segunda-feira, 10 de Fevereiro de 2014
Falando de amor

Orfeu e Eurídice - Lendas e mitos


Orfeu é, namitologia grega, poeta e músico. Filho da musa Calíope, era o mais talentoso dos músicos. Quando tocava a sua lira, os pássaros paravam de voar para escutar e os animais selvagens perdiam o medo. As árvores curvavam-se para ouvir os sons no vento. Tocava a lira de Apolo pois dizem que Apolo era seu pai. Orfeu era casado com Eurídice. Ela era tão bonita que atraiu um homem chamado Aristeu. Quando ela recusou as suas atenções, Aristeu perseguiu-a. Tentando escapar-lhe, ela tropeçou numa serpente que a mordeu e Eurídice morreu. Orfeu ficou transtornado de tristeza. Levando a sua lira, foi até o Mundo dos Mortos, para tentar trazê-la de volta. A canção pungente e emocionada de sua lira convenceu o barqueiro, Caronte, a levá-lo vivo pelo Rio Estige. A canção da lira adormeceu Cérbero, o cão de três cabeças que vigiava os portões; o seu tom carinhoso aliviou os tormentos dos condenados. Finalmente Orfeu chegou ao trono de Hades. O rei dos mortos ficou irritado, ao ver que um vivo tinha entrado no seu domínio, mas a agonia na música de Orfeu comoveu-o, e ele chorou lágrimas de ferro. Sua mulher, Perséfone, implorou-lhe que atendesse o pedido de Orfeu. Assim, Hades atendeu o seu desejo: Eurídice poderia voltar com Orfeu ao mundo dos vivos. Mas com uma condição: que ele não olhasse para ela até que ela, de novo, estivesse à luz do sol. Orfeu partiu pelo caminho íngreme que levava para fora do escuro reino da morte, tocando músicas de alegria e celebração, enquanto caminhava, para guiar a sombra de Eurídice de volta à vida. Ele não olhou nenhuma vez para trás, até atingir a luz do sol. Mas então, virou-se, para se certificar de que Eurídice o estava seguindo. Por um momento ele viu-a, perto da saída do túnel escuro, perto da vida outra vez. Enquanto ele olhava, ela transformou-se de novo num fino fantasma, soltou um doloroso gemido final de amor e pena, não mais do que um suspiro na brisa, que saía do Mundo dos Mortos. Ele havia-a perdido para sempre. Em total desespero, Orfeu tornou-se amargo. Recusava-se a olhar para qualquer outra mulher, não querendo lembrar-se da perda da sua amada. Furiosas por terem sido desprezadas, um grupo de mulheres selvagens chamadas Mênades caíram sobre ele, frenéticas, e despedaçaram-no. Jogaram a sua cabeça cortada no Rio Hebrus, e ela flutuou, ainda cantando, "Eurídice! Eurídice!" Chorando, as nove musas reuniram os seus pedaços e enterraram-nos no Monte Olimpo. Dizem que, desde então, os rouxinóis das proximidades cantaram mais docemente do que os outros. Orfeu, na morte, uniu-se à sua amada Eurídice. Quanto às Mênades, que tão cruelmente mataram Orfeu, os deuses não lhes concederam a misericórdia da morte. Quando elas bateram os pés na terra, em triunfo, sentiram seus dedos entrarem no solo. Quanto mais tentavam tirá-los, mais profundamente eles se enraizavam. As suas pernas tornaram-se troncos de madeira pesada, e também os seus corpos, até que elas se transformaram em silenciosos carvalhos. Assim permaneceram pelos séculos, batidas pelos ventos furiosos que antes se emocionavam ao som da lira de Orfeu, até que, por fim, esses troncos mortos e vazios caíram no chão.


publicado por pimentaeouro às 22:51
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